03 Feb La magia de las historias.
“He aprendido que la gente olvidará lo que dijiste, la gente olvidará lo que hiciste, pero la gente nunca olvidará cómo les hiciste sentir”.
Maya Angelou.
No me digas sin más. No me des datos que no soy capaz de procesar. No me cuentes cuentas. Cuéntame cuentos. De esos que empiecen con un “Érase una vez…” y que terminen haciéndome llorar, reír o me hagan enfadar.
Mira no, que no empiecen con el “Érase una vez” y que el inicio sea una patada en el culo. Una fuerte que me mande a otro planeta. Para desde allí, volver al sofá.
Zarandéame, descolócame, hazme sentir.
Si lo consigues, no te olvidaré. Si lo consigues, serás inmortal.
¿Sabes cuál es el secreto? Hay una varita mágica que puede hacerlo realidad.
Pasa, pasa.
Te lo voy a contar.
Se llama historia. Y tienes la suerte, como ser humano, de poderla utilizar.
Érase una vez…
Ayyyy… si supiéramos lo importante que son las historias. Si fuéramos capaces de dominar sus susurros, sus gritos y sus llantos. Si controláramos su poder. Todos seríamos únicos. Todos seríamos mágicos. Porque las historias nos conectan, son nuestro cemento. Con nosotros mismos y con nuestro entorno.
Somos seres narrativos. Como dice Óscar Vilarroya, “somos las historias que nos contamos”. El ser humano necesita contar (se) una historia para comprender el mundo. Necesita del relato que le da sentido a su existencia.
“La historia hace tangible lo intangible, y posible, lo imposible. Crea un puente emocional entre tu audiencia y tú. Una historia te conecta con todo lo que necesitas”. Lyn Graft, Start with a story.
Nunca se me dieron bien las matemáticas. Necesitaba que me contaran la historia de los números para poderlas comprender. Ahora lo sé. Necesitaba cuentos de cuentas. Pero los profesores que tuve no supieron hacerlo. Y mirad que no soy de callarme y lo decía: “cuéntamelo de otra manera. Eso ya me lo has explicado así tres veces y sigo sin entenderlo”. Las cuentas son difíciles contarlas para muchos. Las matemáticas son abstractas y posiblemente, solo aquellos que encuentran su narración las entienden.

Sin embargo, la Historia era una asignatura que se me daba bien. Me dividía el temario con una amiga y la una a la otra nos contábamos la lección como si de un cuento se tratara. Con quince años aprendí a contar “Historia”, a que se entendiera, se recordara. Pero no con fechas y números, sino con adjetivos, con sensaciones, con miedos y esperanzas. Las batallas eran sucesos dolorosos en los que había ganadores y vencidos. Y unos y otros tenían sus razones y porqués. No creía en princesas pero sabía que existían héroes. Y no, esos no salían en los libros.
Mi amiga y yo llevamos vidas paralelas. Ella se licenció en Periodismo y en Historia. Yo en Publicidad y en Historia del Arte. Está claro que nuestra manera de estudiar nos conectó con nuestro futuro.
Los datos se olvidan, las historias se recuerdan.
Las historias nos invitan a la acción y nos ayudan a comprender el mundo. Piensa en una película, un libro o una persona que conociste en un momento dado. Posiblemente no recuerdes la trama del film, se te hayan olvidado los personajes de la novela y hasta el nombre de aquella persona. Pero seguro que recuerdas si te gustó, qué emoción te produjo y si, en el caso más humano, te cayó simpática.
Contar una buena historia es lo que nos ayuda a conectar emocionalmente. Y, aunque llevamos toda nuestra existencia practicando el relato, la narración y el cuento para explicar (nos), hace apenas unas décadas que el marketing de las marcas hizo de nuestra natural manera de comunicarnos una disciplina: el storytelling.
Y esta es la varita mágica que puede hacerte inmortal.
El storytelling, el arte de crear historias, es aplicable a tu empresa, tu marca e incluso tu vida personal. Porque la manera de contar nuestra propia historia determinará la huella ineludible de nuestra existencia. Y, por descontado, nuestra existencia misma.
Piénsalo, ¿con qué tipo de historia quieres que se te recuerde?
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